¿Qué amenaza el camino hacia la integración grupal?     

Desde la perspectiva psicoanalítica, se ha discutido la existencia del “instinto gregario” en el hombre. Sigmund Freud, descubrió que el proceso civilizatorio se formó ante las primeras prohibiciones hacia el tótem y los consecuentes tabúes.

También, comprobó que a diferencia de los animales, el hombre no siente la necesidad instintiva de agruparse porque se encuentra obstaculizado por su egoísmo y agresión.

Concluye, -al igual que Hobbs-, la vida social es una tendencia aprendida, que forzosamente requiere ser intermediada por la cultura. Coincido con ambos, el hombre no es sociable por naturaleza, y ha tenido que construir sistemas legales que regulen su conducta para favorecer la adaptación social.

La integración a un grupo y la calidad de las relaciones dentro de este, solo se logra si se ha pulido el instinto agresivo (rivalidad). De lo contrario, sobrevienen conductas delictivas.

Connatural al hombre es la agresión, la tendencia destructiva y la transgresión a las normas; lo “artificial” – en el sentido de “construido”-  es la ley.  Si convivir fuera fácil, el amor bastaría para lograrlo. Pero tan no es así, que vivimos rodeados de una normatividad legal, y reglas de convivencia basadas en la renuncia al egoísmo (satisfacción por transgredir) y obediencia a las normas (adaptación).

Si reflexionamos con detenimiento, cómo surge la adaptación al grupo, veremos que desde el inicio de la vida se presenta de manera radical. Se nace dentro de un grupo familiar que no elegimos, y al cual tenemos que aprender a pertenecer para sobrevivir.

La disyuntiva es clara; aprendemos a relacionarnos o morimos. Cuando nacemos, no sabemos respirar y es por vía de un tercero que, al provocar esta función mediante el llanto, se le enseña a vivir. Después, se le entrena a satisfacer necesidades básicas de hambre, sed, sueño.

Ya más tardíamente, el niño se enfrenta a la vida social en su convivencia con los hermanos. Surgiendo así la rivalidad fraterna, como polo dinamizante de la vida emocional. Si los padres tienen el tiempo y la fortaleza, para matizar la rivalidad entre hermanos, a través de momentos gratos de reunión y limites claros, es probable que fluya hacia la integración grupal.

Las herramientas que cada persona utiliza para socializar en la vida adulta, son tan variadas como el sello distintivo de su dinámica familiar de origen.

En la convivencia entre hermanos, es desventajoso que no exista una jerarquía tan definida como entre padres e hijos. Esto favorece la rivalidad entre “pares” que luchan por conseguir el mismo objetivo; cariño y reconocimiento de los padres. Cuando no se consigue este anhelo, los sentimientos  de posesión generan rivalidad y envidia contra los que sí lo alcanzaron.

¿Qué sucede cuando los hermanos no comparten con agrado lo más querido? Que nos conteste Thomas Hobbs:

Cuando dos hombres desean la misma cosa que no pueden gozar juntos, se convierten en enemigos”.

El reconocimiento del líder, suele transformarse en manzana de la discordia. Cuando no se consigue la insatisfacción que provoca, se oculta o se olvida. Hasta que la historia se repita en un nuevo grupo, y surja el mismo efecto.

Quienes, a pesar de la atención repartida de los padres, aprendieron a conformarse y lograron disfrutarlos. De esta manera, consiguen integrarse a su primera experiencia social; la familia.

Por lo anterior, es importante considerar que la agresión latente está en la base de todo grupo, y puede volver a aparecer en cualquier momento. La armonía, no es una cosecha espontánea, hay que esforzarse por conseguirla y cuidar que no se rompa.

En el trabajo, las personas son asignadas a realizar proyectos que obedecen a intereses de la empresa, sin importar la coincidencia de afinidades. Suele pasar que el líder espera resultados, sin haber medido previamente la capacidad prolífica del grupo, en función de la agresividad subyacente.

Sabemos que se requiere una unidad suficientemente sólida y cohesiva, para que el grupo pueda fluir hacia la creatividad y la integración grupal. Entonces ¿Cómo medir la agresión en la dinámica de integración grupal?

La detección de colusiones, es un buen índice para definir la cohesión grupal, éstas revelan debilitamiento y pérdida de equilibrio. Es importante, distinguir cuando la complicidad está en lugar de los vínculos sanos, cimentados desde la confianza.

Las colusiones, son pactos implícitos (conscientes o inconscientes), cuya finalidad es dañar u obstaculizar a terceros, ya sea personas o el objetivo de la tarea a realizar. Usando la rivalidad manifestada en ataques disfrazados de crítica destructiva o ironías.

Las colusiones generan bandos. Los agresores, se identifican fácilmente unos con otros. Esto no ocurre igual con los agredidos, que suelen permanecer excluidos por la vergüenza de ser blancos de violencia. Quienes se coluden, casi siempre son aquellos que no aprendieron a identificarse con sus pares, o peor aún, con el líder dentro de la familia.

Quienes vivieron a sus hermanos como amenazas o intrusos, es posible que vean a sus futuros colaboradores con el mismo sello defensivo. Desafortunadamente, no sintieron a la familia como su primera red de apoyo social. Ante este panorama, es importante tomar en cuenta que para lograr la integración grupal hay que desgastar primero la agresión.

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