“Da lo que tienes para que merezcas recibir lo que te falta”

San Agustín

Por: Imelda García Teruel Okie | Psicoanalista / Neuropsicóloga

Solo podemos dar aquello que alguna vez nos dieron.

Hace varios años un líder a quien siempre he admirado, me preguntó ¿hasta dónde se debería entregar la confianza? (como si pudiéramos decidir cuantificarla, o no entregarla…), con el tiempo he reflexionado esta pregunta y el estudio del inconsciente me ha contestado algunos puntos: no decidimos entregar grados de confianza, esta es una experiencia que ocurre espontáneamente, preexiste a la consciencia.

La confianza se vehiculiza entre dos personas sin palabras, mas allá de nuestra voluntad. La duda de mi amigo se relacionaba a, si quien iba a recibir su confianza, sería capaz de devolvérsela con la misma proporción con que él la poseía.

El acto de confiar implica un riesgo, decidimos tomar o no ese riesgo.

Nunca estaremos seguros de que otras personas nos devuelvan la confianza en la misma proporción que la hemos depositado en ellos, aún así, lo que decidimos, es si correremos el riesgo al construir una expectativa de reciprocidad: ¿será esta persona digna de mi confianza?, ¿igual a la de mi fantasía del pasado?, ¿estará mi modelo de confianza respaldado en esta persona?

Continuamente trasladamos una fantasía (un modelo) del pasado al presente de forma automática, se transfiere nuestra base de confianza a una persona que no conocemos lo suficiente y la comparamos con nuestra experiencia, aquella aprendida de nuestros padres. Por más juicios que hagamos la confianza se entrega más allá de nuestras fronteras del pensamiento lógico.

liderazgo y confianza

La confianza (como etapa del desarrollo emocional) parte de una vivencia arcaica de admiración hacia la persona que nos da contención emocional. El origen se ancla en los hábitos de alimentación y cuidados repetitivos del cuerpo, se va instalando durante los primeros tres meses de vida. Es el resultado de experiencias repetitivas de satisfacción, admiración y gratitud. Este repertorio vivencial termina de instalarse hasta los 3 años, es entonces cuando el niño termina de verificar que aquello que está recibiendo sea “lo mismo” y de la “misma persona”.

¿Por qué lo mismo y de la misma persona? Porque solo así se memoriza un hábito mental que será facilitador de las futuras relaciones interpersonales. Es por vía de la repetición que se inaugura la sensación de grata familiaridad entre madre e hijo, este elemento placentero favorece que la confianza se grabe y permanezca en nuestro trato durante la vida adulta; a todos nos gusta sentirnos como “en casa”, con un claro sentido de pertenencia y confianza.

Traslademos estos conceptos a un ambiente empresarial sano, en el que el liderazgo basado en la confianza permite que se respire libremente, que se trabaje sin sometimiento a jerarquías que rigidicen a sus miembros. Si prevalece la confianza, los integrantes son nutridos emocionalmente hasta con rituales que favorecen el recuerdo de aquello que algún día nos fue familiar (festejar cumpleaños, rosca de reyes, brindis navideños etc.).

Los compañeros de trabajo, las autoridades que nos dan reconocimiento, sueldo, funcionan en la vida adulta como prolongaciones de nuestro hogar, como lo fueron los padres y los hermanos con quienes peleamos y jugamos. Visto así, crear confianza se “reduciría” a un circuito de dar y recibir cómodamente el bienestar que otra persona nos brinda. Resulta paradójico pensar ¿cómo es que algunas personas parten de la desconfianza? ¿Qué tipo de incomodidad subyace a la desconfianza?…

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